Taller
Por Mariano Algava


Partimos de entender al "enseñaje" (enseñar-aprendizaje) como el encuentro entre la intencionalidad del educador o la educadora y las necesidades del grupo aprendiente. Encuentro que es dialéctico y dialógico, es decir mediado por el diálogo. Este encuentro se desplegará, se jugará en un tiempo y un espacio y con determinadas características que determinan su politicidad.

Partimos también de la premisa freireana de que no hay práctica educativa que sea neutra. Es decir que, al construir conocimientos, se construye subjetividad. Se transmite una determinada visión del mundo, una cosmovisión, una determinada concepción sobre la estructura social y su sistema de relaciones.

Por ejemplo, en nuestros ámbitos educativos tradicionales está implícito que el saber es un bien que alguien posee (una propiedad privada) y éste le otorga un poder, una jerarquía sobre el que "no sabe". Por eso ese saber es dado habitualmente en forma parcial. Se quita, se oculta, se fracciona, etc. En este tipo de ideología, de concepción del saber, las relaciones que se establecen entre quienes enseñan y quienes aprenden, se encuentran atravesadas por la dependencia, el sometimiento y la opresión. entonces, al margen de los contenidos, se aprende a ser dependiente y sometido. Reproduciendo los valores hegemónicos, y esa es su politicidad, su intencionalidad.

Desde esta ideología, naturalizada y por tanto invisible a simple vista, el coordinador del grupo responde todas las preguntas, resuelve todos los problemas y obviamente nunca se equivoca. Es poseedor de virtudes que no son precisamente humanas. La comunicación es unidireccional.

Para intentar en nuestra tarea, crear espacios donde se desarrolle la libertad en el aprendizaje, y el aprendizaje de la libertad, en principio hace falta hacer conscientes estos mecanismos autoritarios, pertenecientes al sentido común. Y también practicar procesos diferentes al descrito, que no reproduzcan estos valores, que sean humanos y humanizantes, por ejemplo un espacio vincular donde educadores/as y aprendientes puedan equivocarse y dialogar sobre los errores, para aprender de ellos, pero sobre todo para encontrarse humanos, verdaderos, y no en un "como si" del saberlo todo. Poder decir "no sé" es un momento de suma importancia, por el abandono de la omnipotencia. Esto implica un aprendizaje también para el coordinador-facilitador

Paulo Freire concebía al momento de aprendizaje como educador/a y educando, dos personas conscientes de su incompletad y mediatizados por el objeto a conocer y el diálogo, aprehendiendo el mundo. Este aprehender implica hacer. Implica asumir riesgos y jugarse, implica diálogo, entendido esencialmente como capacidad de escucha y está sustentado por la confianza mutua.

Como vemos, aprender, desde esta óptica, digamos mejor desde esta elección ideológica, necesita de espacios diferentes a los habitualmente establecidos.

Entonces la propuesta de "TALLER" resulta una herramienta adecuada a esta elección. Tiene una estructura pedagógica cuyo eje principal está basado en la acción, nos permite integrar la teoría, la práctica y la reflexión, "es un aprender haciendo".

Nos permite la posibilidad de indagar, dudar, experimentar y también equivocarnos. El error es tomado como un elemento importante en la construcción del conocimiento.

Partimos de preguntarnos: ¿cómo hago?, ¿por qué lo hago de esta forma? ¿qué dificultades encontramos al hacer?

Entramos en una línea de trabajo que podríamos llamar, siguiendo a Freire, pedagogía de la pregunta. Diferente a la tradicional, que se destaca por sólo dar respuesta a todo, negando así la actitud investigadora, lúdica y aventurera que implica el aprender.

El pensar la práctica, no puede ser un acto individual, sino colectivo. Esto implica co-pensar, encuentro de ideas que son aportes para la construcción de una mirada integradora. Así, no se trata sólo de una simple transmisión de conocimientos, sino que es una interacción de experiencias que moviliza niveles emocionales, afectivos, y las vivencias personales de quienes aprenden y quienes enseñan, que también aprenden. Aprender se transforma en una experiencia viva, donde surge la expectativa, el interés, la alegría y el placer.

El o la que ocupa el rol de enseñante, debe estar dispuesto/a a acompañar y no a dirigir. A animar el diálogo y la reflexión en conjunto. En consecuencia, aprender con los/las que aprenden, pero fundamentalmente ceder el protagonismo y el poder, que inevitablemente le otorga el rol, al grupo.

Es así que lo que resulta altamente educativo es esta relación donde se comparte el poder, y la disposición a hacer. Lo que educa son las relaciones.

El o la que aprende asume una actitud responsable, participativa, comprometida, creativa, de búsqueda de posibilidades de expresión y de compartir todo esto con e grupo.

Cuando en un taller todos elaboran e intervienen en la construcción colectiva del conocimiento y en sus implicancias prácticas, la participación se transforma en protagonismo. El protagonismo y la autogestión son dos objetivos de esta concepción y de todo taller.

En los talleres se pone en juego y se despliega la creatividad. Creatividad es sinónimo de pensamiento divergente, es decir capacidad de romper continuamente con los esquemas previos para inventar con otros, nuevas visiones, nuevas acciones, nuevas producciones.

Es creatividad preguntarse siempre, descubrir problemas donde el sentido común encuentra respuestas, arriesgar donde lo establecido sugiere el peligro y el miedo, elaborar autónomamente, etc. Este proceso tiene un carácter festivo. Descubrir es una fiesta. Resistir es una fiesta. Construir es una fiesta.

El taller es una actitud

El facilitador o facilitadota, también entra en juego al incluir una variedad de caminos alternativos para el hacer, y esta tarea conlleva una evaluación continua, que permita en todo caso, recomenzar por nuevas sendas si el camino elegido no nos conduce al objetivo.

Proponer un taller es jugarse. Es asumir el riesgo de la improvisación. "Improvisar alude en la mayoría de las artes a un momento particular de diálogo entre la técnica –como juego reglado- y la exploración de contenidos, emociones, temas; por eso la improvisación es un momento de la composición.

En general suele usarse esta palabra para descalificar lo que no es profesional. Si lo profesional es un saber, un hacer consolidado, instituido, la improvisación pone el foco en el margen de este saber-hacer, rescatando lo tentativo, ambiguo, contradictorio, divergente, el flujo instituyente del proceso, priorizando los bocetos antes que el producto" (1)

El taller es un dispositivo con una estructura particular, pero también es una actitud de quien coordina y de quienes participan.

Es sobre todo "poner en juego" los vínculos para construir algo nuevo, que a priori, no se sabe qué será. Es decir coordinador/a y participantes, se disponen a dar el salto al vacío, e implicarse. Esta implicación supone una calidad del vínculo entre sí, y con el objeto a aprehender o explorar. La construcción colectiva y la cooperación son claves para estos vínculos.

Además esto implica acuerdos. Acuerdos de encuadre (tiempos de trabajo, pertinencias, horarios, uso de materiales, etc.) El encuadre es necesario para establecer un orden, (no una orden), este no es un molde, sino un instrumento facilitador para llegar al objetivo. También implicarse significa poner el cuerpo, hacer, pensar, debatir, construir.

Algunas cosas para tener en cuenta al pensar en un taller

Debemos tener claro: el objetivo a alcanzar (este en el mejor de los casos estará construido por el conjunto de los participantes), qué metas queremos lograr, cuántos participantes habrá, qué tiempo tenemos para la tarea, qué recursos (materiales, técnicos, etc.) necesitaremos, qué espacio y en qué condiciones.

Estas cuestiones, si bien forman parte de una planificación previa, podrán ser modificadas, por la emergencia de cualquier aspecto, en particular por la necesidad de las personas que serán protagonistas. Aquí surge la necesidad de lo que llamo la "caja de herramientas". Para comprender este concepto, vale un ejemplo cotidiano: es como el que va a arreglar algún asunto en una casa, por ejemplo, pensemos en un electricista, realmente no sabe con qué se va a encontrar, entonces realiza un diagnóstico, una observación y a partir de ella, con algo de improvisación y algo de habilidad encontrará en su caja de herramientas, las adecuadas para el trabajo.

En el caso del taller, las herramientas podrán ser varias, dependiendo mucho de las características del espacio y de las personas; hablamos de: en primer lugar la capacidad de escucha, el bagaje de dinámicas y propuestas grupales, recursos en plástica, en música, en contenidos teóricos y reflexivos, en interpretación de la realidad, en emergentes grupales, etc., aquí no hay recetas posibles y la enumeración hecha es sólo a modo de ejemplo, ya que la variedad de recursos resulta inimaginable para mí. Cada uno o cada una irá constituyendo a través de sus experiencias su propia caja de herramientas para cada ámbito. Cabe aclarar que no se trata de proponer cualquier cosa, sino de establecer cuál será el mejor canal para propiciar el diálogo y la participación en función de la tarea y el objetivo.

Momentos del taller

Una parte del encuadre puede estar dada por la diferenciación de tres momentos:

Un primer momento, por lo general llamado caldeamiento, entrada en calor, rompehielos, etc., en que las personas realizan un proceso de adecuación para disponerse a la tarea principal, al diálogo, al encuentro.

Las personas al llegar al lugar del taller, provienen por lo general de otros ámbitos donde la subjetividad, la calidad del vínculo y la lógica de la comunicación es radicalmente distinta a la que se va a desplegar en el taller. En la calle, en los ámbitos laborales, etc., los espacios y las relaciones están teñidas de competencia, de agresiones, de formas "socialmente aceptadas", de modas, de individualismo, egoísmo, etc.

Entonces, los cuerpos llegan rigidizados, defensivos, acorazados, macdonalizados, llegan con un todo muscular que hace las veces de "arma-dura" ante la agresión reinante. Es por eso que en un primer momento resulta una necesidad aflojarse un poco, conocerse, o re-conocerse, comprender que aquí se podrá ser humano, sensible, etc.

Se invita a las personas a quitarse esa "coraza", que se ablanden sus músculos, que abran sus percepciones, para disponerse a un intercambio, al diálogo, no sólo oral, sino corporal, gestual, de sentimientos, de experiencias, e inclusive de temores. Estar dispuesto a recibir de los demás, a escuchar y a dar.

Es un momento (según del taller de que se trate), en el que suele estar presente la música, el contacto corporal, la risa, el encuentro, en todos los casos, teniendo en cuenta que es un proceso paulatinamente creciente. Esto es importante, ya que el o la que va a coordinar el espacio ya viene pensando en lo que sucederá y está de alguna manera más preparado/a que el resto, entonces una actividad de compromiso corporal, que le pueda resultar "liviana" puede ser sentida como agresiva a los participantes, que llegan más abroquelados del afuera.

Hay un segundo momento, donde se desarrollará la parte principal del taller. Es decir, donde se facilitará llegar al objetivo planteado, a través de las tareas planificadas o acordadas.

Esta parte del desarrollo propiamente dicho, es donde se expande el diálogo entre la propuesta y las necesidades, entre facilitador/a y protagonistas.

Es el momento donde se desarrollan las técnicas.

Allí se juegan las personas, se explora, se construye, se debate, etc. La característica principal de este momento reside en que las personas que participan son las protagonistas del momento creador. Esto no significa que no exista una guía, un recordatorio del encuadre, una nueva consigna, etc.

Por último, está el tercer momento, que podríamos llamar de integración, donde lo desarrollado, lo desplegado, lo construido, lo intercambiado, se vuelve a mirar, pero atravesado por la experiencia vivida.

Puede entenderse como cierre de la actividad. Esto implica una reconstrucción de lo puesto en juego, una reflexión sobre lo vivido. Aquí tiene lugar el relato de lo sentido o lo que se siente, el relato del significado de lo hecho, puede ser un momento de integración teórica, de evaluación, de re-encuentro de las personas, de re-significación del objeto puesto en juego, o simplemente un momento de silencio y contemplación. En realidad, como en el primer momento del taller, las posibilidades son variadas y estarán en función del tipo de taller y de las personas.

Lo que queda claro es que luego de un despliegue, hay una integración y una contemplación de lo hecho, la forma, la profundidad y las técnicas serán objeto de planificación e improvisación, dependiendo de la escucha del coordinador/a.


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