Por Esteban
Kraizer
- ¿Cómo creés
que la sociedad
ve a los
adolescentes?
–le preguntó
Veintitrés a
Juan Pablo, de
16 años.
–La mayoría de
los adultos
piensan que
somos todos
iguales, como lo
que muestra la
tele. Que no
tenemos ideales,
que sólo nos
importa joder
con la compu,
que ser joven es
lo mismo que ser
flogger y que no
podemos hacer
nada productivo
–respondió el
muchacho sin
vacilar.
Adolescencia
proviene de
adolescer, de
aquello que
duele. El
término connota
sufrimiento,
crisis,
patología o
disfuncionalidad.
La mayoría de
las definiciones
tiene
connotaciones
negativas o
peyorativas. Por
ejemplo: “No son
niños ni son
adultos, se
constituyen en
la
confrontación,
son vulnerables,
atraviesan un
período de
crisis y
transición”. El
psicoanálisis,
la educación y
la sociología
han intentado
comprender un
momento de la
vida del que, al
menos, debe
hablarse en
plural.
“Que somos todos
iguales...”
“Existen muchos
modos de
transitar la
adolescencia,
pero hay cosas
que nos ocurren
a todos por
igual y que se
relacionan con
una
reestructuración
de lo que fue
definido hasta
ese momento:
reapropiación de
las
construcciones
subjetivas,
nuevos marcos
para pensar la
propia vida y un
fuerte deseo y
posibilidad de
emancipación de
las figuras
parentales, de
la autoridad”,
explica la
pedagoga Débora
Kantor, autora
del libro
Variaciones para
educar
adolescentes y
jóvenes.
“Que no tenemos
ideales...” En
la era de la
tecnología y las
comunicaciones
masivas, la
televisión y el
mercado insisten
en vender una
adolescencia
superficial,
dócil a los
consumos y a las
modas y carente
de valores y
proyectos
colectivos.
Mientras las
marcas de
celulares
compiten por
proponer mejores
y más completos
modelos, las
tiras juveniles
de la televisión
sólo dan lugar a
discutir sobre
estética y a
renovar la vieja
trifulca entre
los buenos y los
lindos. Según
propone Kantor,
antes de
criticar habría
que preguntarse
qué se busca a
través de esos
estímulos: “Los
pibes encuentran
lugares,
materiales y
simbólicos, de
pertenencia. No
justifico a los
mercados que se
lanzan
brutalmente a la
conquista de ese
segmento, pero
no todos los
consumos son
absolutamente
pasivos; también
hay
resignificaciones
e intentos y
lugares de
instrucción, de
reconocerse y
ser reconocido
en algo”.
Desde distintas
esferas de la
función pública
y de la sociedad
civil se
promueven
espacios
alternativos y
valiosos para
los
adolescentes. En
la ciudad de
Buenos Aires
funciona el
programa “Club
de Jóvenes”, que
nuclea a pibes
de entre 14 y 18
años de
diferentes
barrios –sobre
todo de zona
sur–,
estimulando
momentos de
encuentro y uso
productivo del
tiempo libre. Su
coordinador
general, Ramiro
González Gainza,
aporta una
mirada distinta
sobre la
juventud de hoy:
“A los pibes los
mueven y afectan
muchas cosas que
tensionan a la
sociedad actual,
como la
incertidumbre y
el no poder
acceder a
mercancías que
se les proponen
indispensables
para ser
sujetos. Pero
también los
mueven
sentimientos de
compromiso, de
solidaridad, de
amistad, como a
muchos de los
chicos de
Cromañón que
murieron
intentando
rescatar a otros
jóvenes”.
“Que sólo nos
importa joder
con la compu...”
Hay una marca
generacional
indiscutible
relacionada con
el uso de las
tecnologías.
Según explica el
sociólogo
Marcelo Urresti,
investigador del
Instituto Gino
Germani, “esta
generación es
parte de una
experiencia
tecnologizada
que la
generación
anterior no
tuvo”.
Telefonía, redes
sociales
digitales,
pantallas
planas, juegos
electrónicos
inalámbricos y
la informática,
que se impone
con más fuerza
que paciencia.
Para González
Gainza, los
espacios
educativos deben
incorporar ese
lenguaje a sus
funcionalidades:
“La tecnología
es una forma de
alfabetización
moderna y los
pibes deberían
acceder a ella
como un bien
cultural de esta
era”.
“Que ser joven
es lo mismo que
ser flogger...”
Junto a los
cambios de usos,
costumbres,
consumos e
identificaciones,
la opinión
pública no se
cansa de hablar
de las
denominadas
“nuevas tribus
urbanas”, mote
que los
especialistas
intentan
relativizar. “El
tema pasa más
que nada por el
mercado. Y la
tele es muchas
veces funcional.
En realidad los
pibes que están
en las tribus
urbanas no son
eso, van
cambiando,
variando y
circulando”,
explica el
psicoanalista
Juan Carlos
Volnovich, quien
acaba de
publicar un
artículo
denominado,
justamente, “Las
nuevas figuras
de la tribu”.
Desde el
análisis social,
Urresti agrega
una mirada
similar: “La
tribu urbana es
un fenómeno
menor, pero es
visible y eso
vende bien. Los
adolescentes
‘normales’
responden más a
la moda, y la
tribu es una
forma de
contramoda, de
oponerse a una
expresión
mayoritaria.
Tenemos que
evitar la
tentación de
catalogar o al
menos saber qué
es lo
mayoritario y
qué es lo
minoritario”.
“Y que no
podemos hacer
nada
productivo.”
Lejos están los
chicos
desaparecidos en
la Noche de los
Lápices o los
que cayeron
combatiendo en
Malvinas. Quizás
en esta era los
modelos sean
otros y los
tránsitos de la
adolescencia
asuman nuevas
formas. Pero es
importante
quitarse los
prejuicios,
abandonar la
tentación del
estereotipo y
brindar/se la
oportunidad de
ver a los
adolescentes
como sujetos
transformadores,
y no
responsables
sino víctimas de
la sociedad que
los adultos les
dejaron. “El
gran desafío
para aquellos
que trabajamos
con adolescentes
y jóvenes es
interrogarnos
continuamente
sobre nuestras
propias
prácticas y
analizar en qué
lugares nos
paramos,
generando
dispositivos
donde los pibes
sean sujetos de
derecho y no
objetos, y
proponiendo
espacios para el
desarrollo de
sus
potencialidades”,
sugiere González
Gainza.
Desde una visión
ligada a la
educación
mediante
proyectos
participativos,
Kantor remata:
“Es importante
el lugar que
ocupamos los
adultos
responsables de
los procesos de
aprendizaje, y
esa
responsabilidad
incluye enseñar
prácticas,
generar climas y
contar con
dispositivos que
permitan que los
pibes se hagan
progresivamente
cada vez más
cargo de sus
decisiones, de
sus actividades
y de las
opciones que
toman”.
–¿Qué les dirías
a los que
piensan eso
sobre los
adolescentes?
–repreguntó
Veintitrés.
Juan Pablo
tampoco vaciló
en esta
respuesta:
–Que se saquen
de encima la
culpa que les da
dejarnos el
mundo tal cual
está, así nos
empiezan a mirar
con más
confianza y
menos vergüenza.